Un día como hoy, en 1984, fallecía en París Julio Cortázar, una de las figuras más influyentes de la literatura latinoamericana del siglo XX. Tenía 69 años y padecía leucemia. Su muerte marcó el cierre de una obra que transformó para siempre la narrativa en lengua española.
Nacido en Bruselas en 1914, hijo de padres argentinos, Cortázar creció y se formó en Buenos Aires. En 1951 se radicó en París, ciudad que se convirtió en escenario vital y literario de buena parte de su producción. Desde allí construyó una obra atravesada por lo fantástico, el juego, la ruptura de estructuras tradicionales y una profunda exploración de la condición humana.
Sus libros de cuentos —Bestiario, Final del juego, Las armas secretas, Historias de cronopios y de famas y Todos los fuegos el fuego, entre otros— lo consolidaron como un maestro del relato breve. Pero fue la publicación de Rayuela, en 1963, la que lo convirtió en una figura central del llamado Boom latinoamericano. La novela rompió con la linealidad narrativa y propuso una lectura abierta, invitando al lector a participar activamente en el recorrido de la historia.
En los primeros días de la recuperación democrática argentina, a fines de 1983, Cortázar regresó al país tras años de exilio voluntario. Fue una visita cargada de emoción, breve pero significativa, antes de su fallecimiento en París pocos meses después.
A más de cuatro décadas de su muerte, su obra sigue viva: desafiante, lúdica, inquieta. Como si cada página todavía susurrara que la literatura también puede ser un salto al vacío… o una rayuela dibujada en el aire.
